Lo salvaje no entra.
No irrumpe.
Se queda mirando desde fuera, como si ya hubiera sido domesticado antes de aparecer.
Lo escribo y me doy cuenta de algo incómodo:
ya no sé si lo estoy describiendo o si estoy intentando justificar por qué lo observo tanto.
Sade aparece aquí como una estructura.
No como un autor.
Como una lógica que se repite.
Y eso es lo que no digo bien en voz alta.
La idea de lo salvaje, en mí, no es pura.
No es clara.
Se mezcla con algo más lento.
Más cercano a la lectura que a la acción.
Me doy cuenta de que no hay un “afuera” real cuando lo pienso así.
Solo niveles de intensidad.
Y yo estoy en uno de ellos.
No lo admito fácilmente.
Porque suena como si hubiera algo perdido de control.
Pero no es eso exactamente.
Es más sutil.
Más silencioso.
Como una atención que no se apaga cuando cierro el texto.
Me quedo después en un estado raro.
No es emoción.
No es calma.
Es una especie de suspensión mental.
Como si algo hubiera quedado sin resolver, pero sin urgencia.
Y lo más incómodo es esto:
empiezo a notar que lo “salvaje” no es un contenido.
Es una forma de fijar la atención.
Una forma de quedarse.
Sin moverse demasiado.
Sin salir del todo.
No lo digo con dramatismo.
De hecho, eso es lo que me incomoda: lo poco dramático que es.
Solo permanece.
Y eso basta para cambiar el tono de todo lo demás.
Después del texto no hay nada especial.
Solo silencio normal.
Pero el silencio ya no se siente vacío.
Se siente ocupado.
Como si algo siguiera leyendo sin necesidad de palabras.
Y no sé si eso es pensamiento o hábito.
Solo sé que ocurre.
Y lo dejo escrito porque en voz alta sonaría demasiado extraño.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo debería la base del cráneo es una superficie de alabastro poroso el sabor a cal invade la glotis la inercia pulsátil de la garra se detiene el registro llega al cero absoluto debería…