Abrí la misma página tres veces.
La primera vez pensé que estaba leyendo.
La segunda pensé que estaba comprobando algo.
La tercera ya no recordaba qué buscaba.
Solo sabía que había vuelto.
Hay una frase subrayada.
No recuerdo haberla marcado.
La veo cada vez que regreso.
Siempre me parece nueva.
Siempre me parece conocida.
Sade habla mucho de la espera.
No de la espera como intervalo.
De la espera como mecanismo.
Como si el acontecimiento importante no fuera el golpe.
Ni la orden.
Ni siquiera el contacto.
Sino el instante anterior.
Ese momento extraño en el que todavía no ha ocurrido nada y, sin embargo, el cuerpo ya ha empezado a reorganizarse.
Intento recordar cuándo empecé a interesarme por esto.
Encuentro una captura antigua.
La fecha no encaja.
Es varios meses anterior a lo que recordaba.
Durante unos segundos pienso que me he equivocado.
Después encuentro otra.
Todavía más antigua.
Lo incómodo no es descubrir que llevo tiempo leyendo.
Lo incómodo es descubrir cuánto tiempo llevaba leyendo antes de creer que había empezado.
Hay una nota dentro de un libro.
No recuerdo haberla escrito.
Solo una frase:
«No sigues esperando que ocurra.»
Debajo, en una letra que parece mía:
«Llevas tiempo esperando comprobarlo.»
La leo varias veces.
No porque no la entienda.
Porque no sé si describe el pasado.
O el presente.
O algo que todavía no ha terminado de pasar.
Tengo que mover el cuello.
Creo que llevo varios minutos pensando en moverlo.
Lo extraño no es eso.
Lo extraño es que empiezo a sospechar que ya lo moví.
Y que voy a volver a comprobarlo.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo…