Lo peor de la marca no es verla.
Lo peor es recordarla cuando no está delante de mí.
Aparece antes de despertar.
No completamente.
Solo un fragmento.
Una curva.
Un borde.
La memoria de una forma circular sobre la piel.
Y durante unos segundos todavía no sé dónde estoy.
Pero ya estoy pensando en ella.
Intento incorporarme.
Intento comenzar el día.
Preparar café.
Preparar comida.
Lavar un vaso.
Responder mensajes.
Hacer cualquier cosa que una persona normal debería hacer sin dificultad.
Y sin embargo la marca aparece otra vez.
No porque duela.
No porque siga siendo importante.
Sino porque permanece.
Y la permanencia es precisamente el problema.
A veces descubro que estoy mirando la misma zona de mi cuerpo sin darme cuenta.
No porque espere encontrar algo.
La marca ya casi no existe.
Lo sé.
Puedo verlo.
Y aun así sigo comprobándolo.
Como si alguna parte de mí esperara encontrar exactamente la misma huella.
Exactamente el mismo círculo.
Exactamente la misma evidencia.
Eso es lo vergonzoso.
No el recuerdo.
La comprobación.
La necesidad absurda de verificar algo que ya conozco perfectamente.
Leo.
Trabajo.
Miro vídeos que no tienen ninguna relación.
Documentales.
Entrevistas.
Noticias.
Personas hablando de cosas completamente distintas.
Y de repente algo se conecta.
Un gesto.
Una pausa.
Una determinada forma de hablar.
Y la mente regresa.
Pienso entonces en Sade.
No en el escándalo.
Ni en las fantasías.
Pienso en su obsesión por las huellas.
Por las consecuencias.
Por las cosas que permanecen cuando el acontecimiento ya terminó.
Y de repente entiendo algo que preferiría no entender.
La marca nunca fue la marca.
La marca era la prueba.
Porque el verdadero problema comenzó después.
Cuando desapareció.
Cuando la piel volvió a parecer normal.
Cuando ya no existía ninguna razón objetiva para seguir pensando en ello.
Y sin embargo seguí pensando.
Quizá incluso más.
El tiempo no solucionó nada.
Eso es lo que resulta más difícil admitir.
El tiempo no borró la fijación.
La refinó.
La volvió más pequeña.
Más silenciosa.
Más íntima.
Ahora ya no aparece como una imagen.
Aparece como una pregunta.
Una sensación.
Una inclinación extraña del pensamiento.
Una necesidad de regresar a algo que ya terminó.
Y a veces, justo antes de dormir, aparece la idea más incómoda de todas.
Que quizá llevo más tiempo pensando en la ausencia de la marca que en la marca misma.
Y que esa diferencia es mucho más difícil de explicar.
Se ha bloqueado el cuello debería…