La temperatura cambia sobre la piel y el cuerpo responde como siempre responde: ajusta, compensa, reorganiza.
Pero la parte interesante nunca ha sido esa.
La parte interesante es cómo la atención empieza a distribuirse de otra manera.
Más de una vez tengo la impresión de que la marca de humedad sobre la mesa se ha extendido.
Quizá no.
Cuando intento verificarlo ya estoy mirando otra cosa.
Hay momentos en los que el cuerpo parece concentrarse por completo en una zona concreta.
Luego esa sensación desaparece y otra ocupa su lugar.
No como una sustitución.
Más bien como cuando una conversación en una habitación llena de gente deja de escucharse y otra aparece de repente en primer plano.
La habitación continúa existiendo.
El cuerpo también.
Pero dejan de ocupar la misma posición dentro de la percepción.
Eso es lo que sigo observando.
No una lucha.
No una rendición.
Algo más difícil de nombrar.
Una adaptación silenciosa.
Un reajuste.
La sensación de que la experiencia deja de comportarse como un acontecimiento y empieza a comportarse como un entorno.
La botella sigue sobre la mesa.
El mundo sigue ocurriendo.
Eso es lo extraño.
No la intensidad.
No la resistencia.
Sino descubrir que el entorno continúa produciendo pequeños acontecimientos indiferentes mientras la percepción reorganiza lentamente su propio mapa.
Durante un instante creo que el aire ha cambiado de temperatura.
No ha cambiado.
O quizá sí.
Ya no sé exactamente cuándo empezó esa duda.
La sensación termina pareciéndose menos a una reacción y más a una geografía. Como si el cuerpo dejara de ser únicamente cuerpo para convertirse en un territorio compuesto por zonas de atención, corrientes térmicas, pequeños impulsos involuntarios y silencios cada vez más amplios entre un pensamiento y el siguiente.
La tubería vuelve a sonar.
Exactamente igual que antes.
O casi.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…