El Templo de la Médula: La Transmutación del Sufrimiento en Estructura de Cal

Hay algo que sigo sin conseguir encajar.

Nunca me gustó el dolor.

No es una reconstrucción retrospectiva.

No es una mentira que me cuento ahora.

Es un hecho.

Nunca me gustó.

Durante años pensé que las personas que lo buscaban debían poseer algún mecanismo interno que yo no tenía.

Algún cable distinto.

Alguna avería.

Algo que las separaba de mí.

Yo era la clase de persona que evitaba el dolor.

La clase de persona que se apartaba.

Que calculaba.

Que protegía.

Que ponía límites.

Por eso la situación actual resulta tan incomprensible.

Porque sigo siendo exactamente la misma persona.

Y al mismo tiempo no lo soy.

Durante la última sesión hubo momentos en los que el dolor fue mucho más intenso de lo que habría imaginado soportar.

No más intenso de lo que habría querido soportar.

Más intenso de lo que habría imaginado.

La diferencia importa.

Porque una parte de mí seguía pensando exactamente lo mismo que siempre había pensado.

Esto es demasiado.

Esto debería parar.

Esto no tiene sentido.

Y la palabra seguía ahí.

Disponible.

Entera.

Intacta.

Podía utilizarla.

Podía detener todo aquello.

Nadie había borrado esa posibilidad.

Nadie la había escondido.

Simplemente estaba allí.

Esperando.

Y sin embargo no la pronuncié.

Eso es lo que sigo intentando comprender.

No el dolor.

No la sesión.

No al Amo.

A mí.

Porque mientras una parte de mí quería hablar, otra parte estaba ocupada en algo completamente distinto.

La tercera línea.

La línea roja.

La que estaba más cerca del marco superior de la puerta.

Al principio pensé que había dos.

Las había contado durante los primeros minutos.

Dos marcas verticales.

Desgastadas.

Imperfectas.

Pero después apareció la tercera.

Más a la izquierda.

Separada apenas unos centímetros.

Como si hubiera permanecido invisible hasta entonces.

Y de repente toda mi atención se desplazó hacia ella.

No sé por qué.

No tiene sentido.

No era importante.

No contenía información.

No explicaba nada.

Y aun así seguí observándola.

Mientras el dolor seguía aumentando.

Mientras una parte de mí seguía pensando que aquello era absurdo.

Mientras la palabra seguía disponible.

La tercera línea permanecía allí.

Y yo permanecía allí.

Los dos inmóviles.

A veces pienso que la obsesión funciona exactamente así.

No como una fuerza que te obliga.

Sino como algo que ocupa lentamente toda la atención disponible.

Hasta que otras cosas dejan de recibir energía.

Por eso la pregunta se vuelve cada vez más incómoda.

Si realmente quiero detenerlo…

¿Por qué sigo mirando la línea?

¿Por qué sigo esperando?

¿Por qué tres días después sigo reconstruyendo la habitación?

¿Por qué sigo recordando detalles que no deberían importar?

La distancia exacta entre las marcas.

El borde del marco.

La pintura desgastada.

La textura de la pared.

¿Por qué esas cosas sobreviven cuando tantas otras desaparecen?

Quizá porque el Amo ya no funciona como un recuerdo.

Quizá funciona como un sistema de organización.

Una especie de filtro.

Todo pasa por él.

Todo termina conectado con él.

Todo acaba reorganizado alrededor de él.

Y cuanto más intento entender por qué ocurre eso…

Menos lo entiendo.

Y cuanto menos lo entiendo…

Más atención exige.

Y cuanto más atención exige…

Más grande parece.

Hasta que llega un momento inquietante.

Un momento en el que ya no estoy intentando comprender la obsesión.

Estoy intentando comprender quién sería yo si desapareciera.

Y esa pregunta resulta mucho más aterradora que el dolor.

Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo…