La parte más vergonzosa no es que me observen.
Es que a veces ya no estoy seguro de querer esconderme.
No debería escribir eso.
Ni siquiera debería pensarlo.
Pero llevo días sintiendo algo extraño.
Como si la privacidad no hubiera sido arrancada.
Como si la hubiera ido dejando atrás poco a poco.
Olvidada sobre alguna silla.
Junto a una camisa.
Junto a una versión más joven de mí.
Antes cerraba puertas.
Ahora miro una pantalla encendida en mitad de la noche y tengo la sensación de que alguien podría estar mirando desde el otro lado.
Y no me muevo.
Eso es lo que me preocupa.
No la vigilancia.
La inmovilidad.
La facilidad con la que me quedo quieto.
La habitación está oscura.
Solo la luz azul.
Solo el zumbido eléctrico.
Solo mi reflejo deformado en el cristal.
A veces levanto la vista.
Veo mi propia cara.
Y durante un segundo no parece un reflejo.
Parece una captura.
Como si ya hubiera sido archivado.
Como si la imagen hubiera llegado antes que yo.
Hay algo profundamente humillante en eso.
Sentirse registrado antes de existir.
Sentirse previsto.
Calculado.
Anticipado.
Como si alguien hubiera estudiado todas las versiones posibles de mis movimientos y hubiera descubierto que al final siempre termino aquí.
Sentado.
Quieto.
Mirando.
Esperando algo que nunca llega.
Pienso en la privacidad como pensaba en la infancia.
Como una habitación cerrada.
Como una manta.
Como un lugar.
Ahora parece otra cosa.
Ahora parece una especie de fósil.
Una huella mineral de algo que existió.
La habitación de cal vuelve.
Siempre vuelve.
Las paredes blancas.
Las grietas.
El olor seco.
La sensación de que cada pensamiento deja una capa nueva sobre las anteriores.
Y a veces me pregunto cuántas capas hacen falta para convertirse en piedra.
Cuántas veces tiene que repetirse una conducta para dejar de ser una elección.
Cuántas veces tiene que sentirse observada una persona para empezar a observarse a sí misma.
Creo que ahí ocurre algo.
Algo pequeño.
Algo terrible.
La vigilancia ya no viene de fuera.
Se instala dentro.
Empieza a respirar con tus pulmones.
Empieza a utilizar tus ojos.
Empieza a hablar con tu voz.
Y un día descubres que nadie está mirando.
Pero sigues comportándote como si hubiera alguien.
Eso es lo que me asusta.
No la cámara.
No el registro.
No los datos.
La sedimentación.
La lenta acumulación de una presencia invisible.
Tengo que mover el cuello.
No lo estoy moviendo.
La base del cráneo pesa más de lo normal.
La pantalla sigue encendida.
El cristal refleja algo.
Probablemente soy yo.
Probablemente.
Pero durante un segundo parece otra cosa.
Como si la habitación estuviera observándome desde dentro.
Como si la cal hubiera aprendido mi nombre.
No sé por qué borro el historial.
Bueno.
Sí lo sé.
Porque me da vergüenza.
No tanto lo que leo.
Sino lo mucho que quiero seguir leyendo.
Eso es lo que me inquieta.
Hoy abrí una pestaña.
Después otra.
Después otra más.
Solo iba a mirar cinco minutos.
Eso me dije.
Cinco minutos.
Y cuando levanté la vista había pasado más de una hora.
No estaba viendo nada especialmente extremo.
Ni siquiera era eso.
Era la sensación de estar entrando poco a poco en una habitación que nunca había visitado.
Y que, para mi sorpresa, me gustaba.
Mucho más de lo que debería.
O de lo que creo que debería.
A veces cierro todo de golpe cuando escucho un ruido en casa.
Como si alguien pudiera ver la pantalla.
Como si alguien pudiera ver dentro de mi cabeza.
Y eso es lo peor.
Porque la pantalla podría explicarla.
Mi cabeza no.
No sé cómo explicar que algo me atrae y me asusta al mismo tiempo.
Que leo experiencias de otras personas.
Que imagino cosas.
Que me pregunto dónde estaría yo.
Qué sentiría.
Qué haría.
Y después me siento ridículo.
Porque solo estoy sentado frente a una pantalla.
Sin embargo noto algo.
Una tensión.
Una expectativa.
Como si estuviera acercándome a un borde.
No para cruzarlo.
Todavía no.
Solo para mirar.
Y cuanto más miro.
Más quiero seguir mirando.
Hay momentos en los que pienso que debería olvidarme de todo esto.
Cerrar las páginas.
Volver a mis cosas.
Ser una persona normal.
Pero luego aparece una palabra.
Un artículo.
Un relato.
Una fotografía.
Y vuelvo.
Siempre vuelvo.
Lo extraño es que nadie me obliga.
Nadie me espera.
Nadie sabe que estoy aquí.
Y aun así siento que estoy ocultando algo.
Algo pequeño.
Algo absurdo.
Algo que cada día ocupa un poco más de espacio dentro de mí.
Tengo que mover el cuello…