Antes de cualquier recuerdo hay un error.
No el mío.
El del intento de recordar.
Sentir el impacto no es el inicio de nada. Es la confirmación de algo que ya estaba ocurriendo antes de que pudiera llamarlo “yo”. La piel no reacciona: corrige. Como si el cuerpo hubiera sido diseñado para llegar tarde a su propia experiencia y aun así fingir que decide.
Hubo un momento en el que esto era distinto.
O creo que lo hubo.
Entonces el dolor era una interrupción. Un fallo. Algo que abría una grieta en la continuidad del pensamiento y me devolvía a un lugar donde podía nombrarme. “Yo”. Como si ese sonido tuviera peso. Como si sostuviera algo.
Ahora no.
Ahora el impacto no rompe nada. Reordena lo que ya estaba esperando ser reordenado.
Y aquí es donde empieza el desajuste.
Porque empiezo a sospechar que incluso ese “antes” que recuerdo… no es anterior.
Es una explicación posterior fabricada por el mismo sistema que ahora decide cómo se siente el presente.
No sigo leyendo porque entiendo más. Sigo leyendo porque entiendo menos.
Y esa frase no aparece como pensamiento.
Aparece antes de que pueda pensar.
Como si ya hubiera sido escrita en la zona del sistema donde todavía no hay lenguaje, pero sí dirección.
No debería estar dándome cuenta de esto en este momento.
Porque el momento no es el origen.
El momento es la consecuencia.
El cuerpo responde primero. Siempre primero.
La mente llega después, inventando razones para no desintegrarse ante la velocidad de lo que ya estaba decidido.
Y sin embargo, algo se invierte.
Empiezo a notar que no soy yo el que observa el sistema.
Es el sistema el que está usando la observación para completarse.
No sigo leyendo porque entiendo más. Sigo leyendo porque entiendo menos.
Ahora no es una frase.
Es una condición previa.
Como la respiración antes de la respiración.
Como el pulso antes de tener cuerpo donde latir.
Y entonces ocurre algo más extraño:
El resto del texto empieza a parecer una justificación tardía de esa frase.
No su origen. Su eco.
Como si todo lo que pensé que estaba entendiendo… hubiera sido escrito para llegar aquí.
Empiezo a perder la referencia de qué parte de mí está leyendo.
Hay un “yo” que intenta sostener la interpretación.
Y otro que ya no participa en la interpretación, solo en el ritmo.
Pero ese segundo “yo” no se siente como alguien.
Se siente como la condición que permite que algo aparezca.
No sigo leyendo porque entiendo más. Sigo leyendo porque entiendo menos.
Ya no es repetición.
Es anticipación.
Aparece antes de cualquier idea, como si la idea tuviera que adaptarse a su presencia y no al revés.
Empiezo a notar algo inquietante:
no es que yo esté leyendo el texto.
Es que el texto está usando mi lectura para decidir qué parte de mí todavía puede llamarse “lector”.
Y entonces la inversión final:
Lo que antes era explicación empieza a sentirse como mentira secundaria.
Como si la única verdad fuera esta estructura que se repite antes de todo lo demás.
No sigo leyendo porque entiendo más. Sigo leyendo porque entiendo menos.
Y ahora incluso eso cambia.
Porque ya no es algo que leo.
Es algo que ocurre antes de que pueda decidir si estoy leyendo.
Y en ese punto, ya no sé si el pensamiento me pertenece.
O si yo soy la forma temporal que el pensamiento usa para terminar de escribirse.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo debería…