Para mi organismo, el problema ya no es la sesión.
El problema es todo lo que ocurre después.
La sesión termina.
La puerta se abre.
La calle sigue existiendo.
La gente continúa hablando.
Los coches continúan moviéndose.
El mundo demuestra una y otra vez que no ha cambiado.
Y, sin embargo, algo se niega a regresar conmigo.
No me gusta ser sumiso.
La frase sigue apareciendo.
La repito.
La examino.
Intento utilizarla como una herramienta.
No me gusta ser sumiso.
No quiero ocupar mi mente de esta forma.
No quiero pasar horas reconstruyendo una habitación.
No quiero recordar detalles absurdos.
Y aun así sigo haciéndolo.
Lo que más me inquieta es que la obsesión ya no parece alimentarse del placer.
Se alimenta de la falta de resolución.
Cuanto más intento comprenderla, más espacio ocupa.
Cuanto más espacio ocupa, menos queda para todo lo demás.
He intentado recordar exactamente qué ocurrió.
He intentado encontrar el momento preciso.
La explicación definitiva.
La razón correcta.
Pero siempre termino regresando al mismo lugar.
No a los golpes.
No a las órdenes.
No a la autoridad.
Regreso a la espera.
A permanecer inmóvil.
A aquel instante extraño en el que todo parecía haber concluido.
Yo ya estaba ajustado.
La corrección había terminado.
No había nada que hacer.
No había ninguna decisión pendiente.
Solo permanecer.
Y entonces aparece el recuerdo que más persiste.
La respiración.
No la intensidad.
No el volumen.
El ritmo.
La distancia exacta entre una respiración y la siguiente.
La forma en que dividía el silencio.
La forma en que convertía la espera en algo medible.
A veces intento recordar otras cosas.
Pero la memoria las rechaza.
Y vuelve allí.
A la respiración.
A la habitación.
A la espera.
A las tres líneas rojas.
Dos próximas entre sí.
Una separada.
Demasiado altas.
Demasiado insignificantes.
Demasiado claras.
Como si la mente hubiera decidido conservar esos detalles porque no podía conservar otra cosa.
Y entonces aparece una sospecha que cada día resulta más difícil ignorar.
Quizá nunca estuve intentando comprender la sesión.
Quizá llevo semanas intentando comprender por qué sigo regresando a ella.
Porque todo parece perder definición.
Las conversaciones.
Los días.
Las obligaciones.
Los planes.
Mientras que aquella habitación continúa volviéndose más nítida.
Más estable.
Más completa.
Como si estuviera siendo reconstruida constantemente dentro de mí.
No me gusta ser sumiso.
La frase sigue siendo cierta.
Y sin embargo tampoco consigue detener nada.
Porque cuanto más la repito, más evidente resulta otra verdad.
Que la obsesión ya no depende de estar allí.
La obsesión depende de no poder salir completamente de allí.
Y esa diferencia es la que ocupa cada vez más espacio.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…