No sé exactamente en qué momento deja de parecer una envoltura y empieza a parecer una estación meteorológica.
Al principio todavía puedo pensar en capas, en material, en presión. Todavía puedo nombrar las cosas.
Después algo cambia.
O quizá no cambia nada y soy yo quien pierde la capacidad de medirlo.
Una de las capas cruje cerca del hombro.
Minutos después vuelve a hacerlo.
No coincide con mi respiración.
Tampoco con mis latidos.
Simplemente ocurre.
Hay una pequeña arruga cerca de la clavícula. Lleva ahí mucho tiempo. Intento recordar si estaba desde el principio o si apareció después. No consigo decidirlo.
La inmovilidad ya no se siente como una orden.
Se parece más a un clima.
El aire atrapado alrededor del cuerpo desarrolla costumbres propias. Algunas zonas conservan calor. Otras parecen permanecer frías sin motivo claro. La diferencia es mínima, pero termina ocupando más espacio mental del que debería.
En algún lugar de la habitación una tubería hace un sonido seco.
Luego silencio.
Luego otro.
Durante unos segundos me convenzo de que existe un patrón.
Después desaparece.
La idea del patrón permanece un poco más.
El cuerpo empieza a reorganizarse alrededor de detalles absurdos.
Una costura.
Un pliegue.
Una presión apenas distinta de las demás.
No porque sean importantes.
Precisamente porque no lo son.
La atención deja de obedecer cualquier jerarquía razonable.
Hay momentos en los que la envoltura parece inmensa.
Otros en los que apenas existe.
Ambas cosas resultan ciertas al mismo tiempo.
Eso es lo extraño.
No la presión.
No el calor acumulado.
No la inmovilidad.
Lo extraño es que dos interpretaciones incompatibles puedan coexistir sin molestarse.
Sobre una mesa alguien ha dejado una taza.
Puedo verla de reojo.
O creo que puedo.
La posición del asa parece diferente.
La observo unos segundos.
No.
Sigue exactamente donde estaba.
La decepción que produce ese descubrimiento resulta inesperadamente intensa.
El cuerpo continúa allí, sellado dentro de su propio perímetro.
Pero el entorno ya no coopera.
La taza existe.
La tubería existe.
La arruga existe.
Ninguna de esas cosas tiene interés alguno en mi experiencia.
Y precisamente por eso se vuelven importantes.
Llega un momento en que dejo de pensar en escapar.
No por aceptación.
No por derrota.
Simplemente porque la idea pierde prioridad frente a otras cosas mucho más pequeñas.
La costura.
El ruido de la tubería.
La duda absurda sobre la posición del asa.
Entonces comprendo algo que no esperaba comprender.
La inmovilidad no ha conquistado el cuerpo.
Ha conquistado la escala.
Todo ocurre todavía.
Pero ocurre en tamaños distintos.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…