La vergüenza en la literatura del Marqués de Sade no aparece como un freno moral, sino como una infraestructura de reconocimiento; un sistema silencioso donde el sujeto descubre algo de sí mismo antes de haber decidido aceptarlo.
No nace cuando el acto ocurre. Nace cuando resulta imposible seguir fingiendo que la curiosidad era accidental.
Lo más inquietante no es la transgresión, sino el regreso.
La escena vuelve una y otra vez.
La página se abre de nuevo.
La frase reaparece.
El pensamiento regresa con una familiaridad imposible de explicar.
Y poco a poco la vergüenza deja de estar vinculada a lo observado para desplazarse hacia una pregunta mucho más difícil de sostener: ¿por qué sigo comprobándolo?
En Sade, la vergüenza no es el castigo de un deseo prohibido. Es el instante en que el sujeto advierte que una parte de sí ya estaba presente antes de que la conciencia llegara a formularla. Existe un desfase. Una pequeña demora. La mirada vuelve antes que la decisión de mirar. La mano regresa antes que la intención de regresar. El reconocimiento aparece después del movimiento.
Por eso la vergüenza sadiana posee una cualidad casi arqueológica.
No revela algo nuevo. Desentierra algo que ya estaba allí.
Algo que parecía ajeno hasta que la repetición lo vuelve familiar. Cada comprobación erosiona un poco más la distancia entre observador y objeto, hasta que la verdadera incomodidad deja de ser aquello que se contempla y pasa a ser la evidencia de que siempre existió una afinidad secreta con ello.
Y quizá la forma más profunda de vergüenza no sea descubrir un deseo, sino no poder recordar exactamente cuándo empezó.
No debería seguir buscando estas cosas.
Eso es lo que me digo.
Y aun así vuelvo.
No muchas horas después.
A veces minutos.
A veces menos.
No es que quiera hacerlo.
O al menos eso intento creer.
Lo extraño es que nunca vuelvo para descubrir algo nuevo.
Vuelvo para comprobar algo que ya había visto.
Como si la primera vez no hubiera sido suficiente.
Como si hubiera pasado algo que no registré.
Esta tarde he cerrado una pestaña demasiado rápido.
Alguien hablaba de sumisión.
Nada especialmente intenso.
Ni siquiera recuerdo exactamente qué decía.
Pero recuerdo haber sentido calor en la cara.
Un calor absurdo.
Porque estaba solo.
Completamente solo.
He permanecido unos segundos mirando la pantalla negra.
Mi reflejo.
La habitación detrás.
El polvo suspendido delante de la ventana.
Nada más.
Y aun así me sentía descubierto.
Eso es lo que me cuesta admitir.
No la curiosidad.
La vergüenza.
La sensación de que alguien debería estar viendo lo que estoy leyendo.
Aunque no haya nadie.
Volví a abrir la pestaña.
Solo para comprobar una frase.
Una frase que ya había leído.
No porque fuera importante.
Porque necesitaba asegurarme de que había sentido lo que creía haber sentido.
La silla crujió.
Solo una vez.
El sonido me sobresaltó más de lo normal.
Hay algo incómodo ocurriendo.
No en los textos.
En mí.
Cada vez que leo más siento más curiosidad.
Cada vez que siento más curiosidad aparece más excitación.
Y cada vez que aparece más excitación aparece algo que se parece demasiado a la vergüenza.
No sé cuál llega primero.
He empezado a borrar el historial.
No porque tenga miedo de que alguien lo vea.
Porque me tranquiliza hacerlo.
Como si al borrarlo pudiera demostrarme que nunca estuve aquí.
Pero luego vuelvo.
Y eso es peor.
Porque significa que el problema no está en el historial.
Está en el regreso.
Hay un agujero pequeño en la pared junto al escritorio.
Debió sostener algo hace años.
Lo miro mientras carga otra página.
Siempre el mismo agujero.
Siempre la misma espera.
Empiezo a sospechar algo extraño.
No que me interese la sumisión.
Eso sería demasiado simple.
Empiezo a sospechar que me interesa observar cómo me interesa.
La diferencia es pequeña.
Pero no deja de crecer.
Tengo que mover el cuello.
No lo estoy moviendo.
No porque esté paralizado.
Porque sigo leyendo.
Tengo que cerrar la página.
No la estoy cerrando.
La curiosidad ya estaba ahí antes de abrirla.
Y eso es lo que más vergüenza me da.
No haber vuelto.
Sino no recordar cuándo empecé a hacerlo.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo…